
«Solo quien no sabe lo que es la Belleza dice: “Lo que existe me basta”». (1)
Cuando el hombre se condena a ver, y a perseguir, solo las formas visibles, cuando se obstina en descender cada vez más hondo en los meandros de la materia, perdiendo el contacto con el Ser y el Infinito, es cuando la Belleza desaparece, se pierde en la memoria y vaga en el olvido de su existencia.
Y no se trata sólo de que las obras de arte carezcan del fuego de lo Bello, sino de la presencia cada vez más evidente en la vida cotidiana de la vulgaridad, el desprecio, la arrogancia, la ignorancia, la desconfianza, la confusión, el desconcierto, que dan la medida de la pérdida de la Belleza.
Como amonesta la Enseñanza, «al rechazar el conocimiento de las perspectivas del Cosmos, la humanidad se ha desvinculado del Infinito y ha perdido el hilo que la unía a la belleza de la vida y de la energía cósmica. (…) ¡Afírmate aceptando la gran belleza del Infinito!». (2)
Imaginemos entonces que poseemos un espejo muy fino, casi impalpable, un espejo que tiene una superficie reflectante en ambas caras.
La cara que mira hacia arriba de este precioso espejo refleja la magnificencia infinita del Cielo, el esplendor de las estrellas y el vigor del Sol, e imprime toda esta energía en la cara que mira hacia abajo, cuya tarea es reproducir fielmente lo que contempla el Ojo del alma.
Y a esta capacidad de espejo, a esta habilidad para unir lo alto y lo bajo, para repetir de forma simétrica y organizada las Ideas primordiales hasta que se precipitan en principios y formas, podemos llamarla Belleza, espejo invisible y omnipenetrante, intangible y real, oculto y manifiesto.
Y si podemos experimentar la Belleza, es porque llegamos al Mundo de las Ideas, infinito y luminoso, directamente con nuestra parte de Infinito, a través de la luz que hemos sido capaces de evocar en nosotros mismos, a través de un conocimiento omniabarcante y perentorio que resume en sí mismo las características de lo absoluto.
Y si somos sólo un poco conscientes de la presencia de este espejo en nosotros, también sabemos que se nos exige que avancemos por la vida con ligero equilibrio, bailando en la cuerda floja del camino evolutivo para que el espejo no caiga, haciéndose añicos.
No tanto porque la Belleza sea frágil, sino porque toda desviación del Camino Medio empaña la visión, conduciendo inevitablemente al caos, rompiendo el vínculo con el Infinito.
Y de nada sirve defenderse invocando el «gusto personal», el «placer o disgusto», la opinión individual; de nada sirve invocar la técnica, la habilidad de la mano y del pensamiento, la posesión de la tradición o la innovación. Son todos elementos marginales que se pierden el núcleo del problema.

La Belleza es o no es.
¿Por qué entonces la Belleza es tan escurridiza y al mismo tiempo tan radiante, capaz de imprimirse perentoriamente en los ojos y la conciencia humanos?
La Enseñanza viene en nuestro auxilio afirmando que «Existe una belleza mística, lograda, como sabemos, a través del arte. Transmite un sentido genérico de belleza, color e inspiración, y así cubre y vela las ideas. Pero existe también una belleza oculta, que también se consigue a través del arte y que transmite un sentido diferente de la belleza, el color y la inspiración, encubierto en formas que revelan las ideas. La belleza mística vela el ideal. La belleza oculta lo revela». (3)
La Belleza, por tanto, es esa Regla aurea que subyace en el universo porque se nutre directamente del Mundo de las Causas/Ideas, y sin la cual lo erigido por las manos y el pensamiento aparece distorsionado, desproporcionado, o simplemente entretejido con la formalidad exterior.
La belleza «hace divinas todas las cosas» porque vive íntimamente unida al Ser divino.
La Belleza imita lo Inimitable.
La Belleza imita al Uno y luego lo re-propone en infinitas formas que conservan, cada una a su manera, Su “imagen y semejanza”.
Y este espejo interior, que dicta su Ley perfecta a nuestra conciencia y permite que se le revele en el esplendor del mundo formal, atrae consigo a quienes aceptan este desafío supremo y se vuelven hacia lo Alto, conscientes de que la Unidad es el tejido en el que puede germinar la Belleza.
«La belleza visible es la imagen de la belleza invisible» (4) nos recuerda Hugh de St Victor, y el Agni Yoga se hace eco al afirmar que “…todo el poder de acción permanece en el mundo invisible” (5) y esta “belleza oculta” es el poder que muestra lo “invisible”; una belleza que yace en lo profundo de cada átomo y espera ser sacada a la luz a través del hilo áureo que conecta con el Infinito.
En efecto, la Enseñanza nos recuerda que «Todos los ordenamientos cósmicos tienen en cuenta la belleza. El camino del Infinito llama a la belleza» (6) y que “El Infinito se manifiesta en la Belleza”. (7)
En el Infinito, las Ideas son ordenadas, perfectas, eternas, inmortales, como nos recuerda Platón; son «energías del más alto potencial», modelos perfectos de las cosas, y asumen en sí todas las potencias del Ser, del que son imagen y matriz en devenir.
Son precisamente los Señores de la Perfección, Urano y Mercurio, a quienes encontramos hoy unidos, desde el punto de vista heliocéntrico, en las radiantes aguas de luz de Tauro, para gobernar la aparición de la Belleza en la conciencia.
Mercurio es «… el Constructor de la Belleza, un bien divino difundido por todas partes, inexpresable, huidizo, adorado, que se posa ligeramente sobre las cosas y las transfigura. La belleza es el gran don de Mercurio. Alegra el drama solar. Es un misterio amable enraizado a la vez en las reglas y en la libertad». (8)

Urano, cantor del Número y de la Geometría, guardián de las Reglas celestes, se sirve del vuelo de Mercurio, Mensajero alado del Cielo, para hacer descender la luz del Mundo de las Ideas hasta la sustancia, volviéndola inmaculada y devolviéndola transfigurada a la fuente de la que procede.
Mercurio actúa sutilmente desde el interior y promueve la acción intercambiable entre causa y efecto, entre Ideas y formas, mientras que Urano lleva las formas mismas al refinamiento y al mismo tiempo marca, con regla y ritmo, las etapas de su aparición.
La acción combinada de las energías del 4º y 7º Rayo, transmitidas por las dos Luminarias, contribuye así a desvelar la Belleza desde su hogar, los altos Cielos, para traerla a la tierra.
La aparición de la Belleza a los ojos humanos es, pues, la aparición de lo divino abriéndose paso en la conciencia a través del «conocimiento directo», el modo cognitivo que nos permite alcanzar el Mundo de las Ideas.
En este impulso nos apoyan varias afirmaciones de la Enseñanza que afirma « El conocimiento a través de la percepción espiritual es la sabiduría; el intelecto es el raciocinio» (9), “el noble conocimiento directo se extiende hacia lo alto” (10), “el conocimiento directo explora el Infinito” (11) y finalmente “el conocimiento directo tiene contacto con las verdades cósmicas”.» (12).
Se definen así los contornos de una capacidad cognoscitiva capaz de conducir al hombre a la comprensión de lo Real, y de hacerlo no de la manera racional habitual, sino a través de un contacto directo con lo que se quiere conocer. Un contacto que no puede confundirse ni con las inciertas apariencias del sentimiento ni con el dudoso vaivén de la razón.
Las verdades cósmicas sólo pueden ser «intuidas», es decir, conocidas según un «método» infinito, tejido con la misma sustancia sutilísima de la que está hecho el Infinito.
Un método que no tiene nada del sentimentalismo ni de la ilusoria unidad con el todo con el que se revisten muchas teorías, sino que descansa en la cumbre de la Inteligencia Abstracta y desde allí accede a niveles de conciencia cada vez más sutiles y enrarecidos, niveles donde las elucubraciones mentales ya no son útiles, ni siquiera necesarias, y donde el medio para alcanzar las Realidades superiores es la intuición, esa Razón pura que no juguetea ni se atasca en el laberinto de las dicotomías, sino que conoce Lo que es sin vacilaciones ni cuestionamientos.
«La intuición o razón pura es la facultad que permite al hombre entrar en contacto con la Mente Universal y captar la síntesis del Plan, captar las ideas divinas o aislar alguna verdad pura y fundamental». (13)

Por tanto, es posible lograr esta adhesión natural a lo Real sumergiéndose en plena conciencia en el mundo de las Causas, apuntando con firmeza hacia donde habita la perfección del Ser, y desde allí aprender a irradiar, a su vez, la luz de la Belleza.
«La Humanidad y la belleza del Cosmos se perfeccionan mutuamente, y sólo así se manifiesta el poder unitario universal». (14)
Para aparecer ante nuestros ojos, la Belleza requiere la participación de la conciencia; a través de la conciencia, la imagen de lo contemplado en el Mundo de las Ideas puede reverberar en la tierra y resplandecer.
La Humanidad, imbuida de la energía del 4º Rayo, posee el mismo poder de Belleza y Armonía que vibra en el cosmos y puede hacer consciente la aparición de la Belleza en el mundo.
Finalmente, la Humanidad, íntimamente inmersa en el Sonido de las Ideas, podrá dar vida a ese acto perfecto que la reúne con el Uno y la devuelve al Infinito.
«La corona del Ser une lo que es del Ser.
La Razón Suprema fusiona lo que manifiesta.
El Imán Cósmico unifica lo que reúne.
Así triunfa la belleza del Ser».
(Infinito II, § 33)
Notas
- Colección Agni Yoga, Infinito I § 14
- Ibid § 44
- A. Bailey, El Discipulado en la Nueva Era, Vol. I, Eng. 283
- Hugh de St. Victor, Hierarchiam coelestem expositio, PL 175, col. 954, citado en U. Eco, Arte e bellezza nell’estetica medievale, Bompiani, 1987
- Colección Agni Yoga, Infinito II § 455
- Ibid § 186
- Colección Agni Yoga, Iluminación 322
- Primer Vértice, El Hombre sobre la Tierra y en el Cielo, Nuova Era, 2020,p. 183
- Colección Agni Yoga, Agni Yoga 508
- Ibid § 563
- Colección Agni Yoga, Infinito I § 4
- Colección Agni Yoga, Corazón 472
- A. Bailey, Tratado sobre la Magia Blanca, Eng. 365
- Colección Agni Yoga, Infinito II § 424


