Todos recordamos la célebre frase pronunciada por el príncipe Myshkin, «La belleza salvará al mundo», en el también célebre texto El idiota, de Dostoievski. Del mismo modo, sabemos que la cultura, al menos la occidental, ha estado caracterizada, desde Platón en adelante, por la búsqueda del significado, el sentido y la función de la Belleza.
Reconocemos a la Belleza, en todas sus formas, la capacidad, se diría el poder, de elevar la conciencia humana, de inspirarla, de ponerla en relación con el Absoluto, tal como atestigua la Enseñanza «El Infinito se manifiesta en la Belleza» (1).
La Belleza también puede erigirse en salvaguardia de las mejores cualidades humanas, blindando el avance del caos, la desintegración y la barbarie, tanto cultural como moral.
También percibimos en la Belleza un poder regenerador y sanador, un poder capaz de transfigurar lo que está «enfermo» en nosotros y en la sociedad para devolverlo intacto e inmaculado.
Que la belleza que vemos en el mundo es un mero reflejo, parcial y deformado, de la Belleza ideal es una opinión que se remonta a Platón y que encontramos bien resumida en estas palabras que muestran el cosmos radiante de belleza y capaz de irradiar tanta luz, que a su vez es Modelo para cualquier obra y comportamiento: «Lo Bello suprasustancial se llama Belleza por la belleza que otorga a todos los seres según la medida de cada uno; ella que, como causa de la armonía y del esplendor de todas las cosas, arroja sobre todas, como la luz, las efusiones que embellecen su rayo naciente, llama hacia sí todas las cosas -de ahí que también se llame Belleza- y lo reúne todo en sí.» (2).
Los vínculos de la Belleza con la Verdad y el Bien también habían sido explicitados por los filósofos desde hacía siglos, aunque el camino que vio a la Belleza elevarse a la categoría de «trascendental» (3) no fue lineal ni inmediato, del mismo modo que se reconoció el entrelazamiento de lo Bello con el Uno; estas afirmaciones conllevan el hecho de que Unidad, Verdad, Bondad y Belleza son propiedades inherentes al Ser y, por tanto, a nivel metafísico, todo lo existente es, en su naturaleza intrínseca, uno, verdadero, bueno y bello, la imagen visible de la perfecta, pero insondable, Belleza del Creador.
Y es Hugo de San Víctor quien nos proporciona la síntesis de esta concepción al afirmar que «La belleza visible es la imagen de la belleza invisible». (4)
Desde este punto de partida podemos introducir la reflexión de hoy, una reflexión que tiene su origen precisamente en los conceptos de «belleza visible» y «belleza invisible».
La primera requiere una toma de conciencia de la miríada de formas bellas, elegantes, proporcionadas y armoniosas que nos rodean, formas que podemos aprender a reconocer, apreciar y reproducir haciendo visible su belleza, formas que no son sólo concretas y «artísticas», sino que aparecen también bajo la forma de actitudes, sentimientos, pensamientos y proyectos y que nos dan la medida del potencial creativo y armonioso inherente en la Humanidad.
Esta «Belleza» desempeña sin duda un papel importante en la «salvación del mundo» también porque a través de ella las conciencias humanas se elevan y son conducidas hacia el lugar del que brota la Belleza misma.
De ese lugar, que Platón llamaba el Mundo de las Ideas y Plotino celebraba como la morada del esplendor del Ser, irradia la «belleza invisible» que, en consecuencia, nos pide no sólo ver y “saborear” las formas bellas, sino contemplar y así «comprender» la luz que esta Belleza emana.
La Enseñanza a este respecto afirma: «No es del todo exacto decir que la belleza salvará al mundo. Es más correcto decir que la comprensión de la belleza lo salvará». (5)
Y de nuevo «Quien proclame la Belleza se salvará». (6)
Comprender la Belleza requiere un «cambio de rumbo» de la conciencia, requiere una tensión cotidiana hacia lo invisible y lo trascendente, requiere que el propio poder creativo del hombre se active y se dirija hacia metas de armonía, orden, proporción y medida, componentes fundamentales de la Belleza.
El término «comprensión» encierra en sí mismo el secreto de este proceso anagógico en la medida en que se refiere a los significados de «tomar», «unir a sí», «captar», pero también de «concebir» y “sorprender”; la palabra, por tanto, pretende poner de relieve no sólo la facultad de captar un argumento o un hecho en su totalidad, sino también de llevar a cabo esa labor de reunificación de varios elementos que es propia de la mente cuando está bien orientada, tendida hacia «lo alto de los cielos» y «firme en la luz». (7)
La «comprensión» requerida para captar la Belleza invisible es más profunda, completa y penetrante que la requerida para saborear la belleza en las formas; es una comprensión intuitiva, inmediata, deslumbrante, capaz de captar la Ley evolutiva tendente a la perfecta armonía que subyace y sostiene toda la creación, actuando como el Modelo imperecedero de cualquier forma.
La Belleza es, pues, la «regla de Arte» del cosmos, ese hilo que une lo alto y lo bajo, el espíritu y la materia, el Modelo y la «copia» formal; para acceder a ella, como bien argumentó Platón, es necesario recorrer, guiados por la luz de la comprensión, racional primero e intuitiva después, la escalera que conduce al Mundo de las Causas. Comprender la Belleza, en fin, es alcanzar el origen del acto creador que, a su vez, permite sumergirse en la esencia de la Manifestación.
Indudablemente, el Arte, en todas sus expresiones, es partidario de estos logros, como también indica este sutra del Agni Yoga: «Lo que garantiza la felicidad al hombre es la belleza. Por lo tanto, Nosotros afirmamos que el arte es el mejor estímulo para regenerar el espíritu. Para Nosotros es inmortal e ilimitado. Distinguimos entre ciencia y conocimiento precisamente porque el segundo es arte y el primero es método. Por lo tanto, el Fuego es el elemento que intensifica el arte y la acción creadora del espíritu. Las prodigiosas perlas del arte pueden realmente elevar y transmutar el espíritu al instante. El espíritu en crecimiento puede alcanzar cualquier cosa, pues sólo los fuegos internos agudizan la receptividad. Así, el Agni Yogui percibe la gran belleza del Cosmos sin necesidad de métodos estrictamente científicos. Verdaderamente, las perlas del arte enaltecen a la humanidad, y los fuegos creativos del espíritu revelan una mejor comprensión de la belleza. Por lo tanto, apreciamos lo que es integral alrededor de un centro y el Servicio prestado a la Jerarquía desde el corazón». (8)
Además, no debemos olvidar que comprender la Belleza significa también ser capaz de ver la belleza en cada expresión de la vida humana, en la ciencia y en la filosofía, en la política y en cualquier otra obra, ya que el «sello» de la belleza está grabado en el hacer mismo del hombre que «con manos y pies» plasma la realidad según los principios radiantes de la Luz Invisible que lo habita. «El milagro de la Belleza al adornar la vida cotidiana» -nos recuerda el Agni Yoga- «enaltecerá a la humanidad». (9)
La Belleza se forja a través de la Luz [La Luz, Primera Parte; La Luz, Segunda Parte] y, por tanto, requiere la luz de la mente (concreta e intuitiva) para comprender plenamente el poder constructivo de sus principios.
Estos principios (armonía, proporción, medida, equilibrio, gracia…) se revelan, pues, a la luz de la razón y se transfiguran por el poder de la intuición, de modo que la comprensión de la Belleza puede tomar la forma de una «experiencia de las cumbres», esas cumbres que la sabia Diotima ya había señalado como el más alto logro humano, es decir, la visión de (…) una belleza que es maravillosa por su propia naturaleza… una belleza que, ante todo, es eterna, y ni nace ni muere, ni crece ni se marchita; y luego, no es bella en un aspecto y fea en otro, ni bella en relación con una cosa y fea en relación con otra, ni bella aquí y fea allá, como si fuera bella para unos y fea para otros. … sino ella misma en sí y para sí, uniforme en la eternidad: y todas las demás cosas bellas participan de ella en tal modo que mientras éstos nacen y mueren, ella no crece ni disminuye en absoluto, ni sufre mutación alguna». (10).
Un concepto que también encontramos en el texto sánscrito Sahitya Darpana «La experiencia estética pura… se conoce intuitivamente, en un éxtasis intelectual no acompañado de ideación, en el nivel más alto del ser consciente; hermanada con la visión de Dios, su vida es como un deslumbrante destello de luz de origen trascendente, imposible de analizar, pero a imagen de nuestro propio ser.» (11)
Esa luz deslumbrante, que puede inundar nuestras mentes desde la cumbre del Espíritu, traspasando el pesado velo de la ignorancia y de la incomprensión, jamás se separa de las luces que las Luminarias irradian incesantemente en el Espacio.
Hoy, para la visión heliocéntrica, los Señores del Amor, Júpiter, y de la Armonía, Mercurio, unen su esplendor e imantan las aguas de Cáncer, donde las formas, perfeccionadas por el incesante trabajo constructivo del Signo, se convierten en la «morada iluminada» de la belleza.
Y es a partir de las vastedades celestes que «(…) el Amor divino y la Armonía del Espacio vienen a bendecir el entorno terrestre, que el horizonte encierra sin limitar, y en cuyo centro palpita un corazón humano» (12), imagen del Corazón palpitante que arde de Belleza en el centro del cosmos.
Los que más agudamente «comprenden» el «corazón» de la Belleza suelen ser los artistas, capaces de penetrar en ese «misterio» que a primera vista parece inconmensurable e imposible de encerrar en una forma, pero que luego, en virtud de la luz de la “comprensión” que aclara mentes y conciencias, se vierte en una obra de arte, «Y es precisamente la belleza suprema del orden cósmico la que recompone, constituye y encierra el núcleo vital de toda auténtica obra de arte». (13)
Avanza
no por recompensa, ni por miedo,
sino porque comprendes la belleza del Cosmos.
(Iluminación, § 274)
Notas
1 Colección Agni Yoga, Hojas del Jardín de Morya II, Iluminación § 322
2 Pseudo Dionisio Areopagita, De divinis nominibus (en: U. Eco, Arte e bellezza nell’estetica medievale, Bompiani, 1987)
3 La filosofía medieval consideraba los «Trascendentales» (Uno, Verdadero, Bueno y Bello) como “convertibles” en la medida en que no hay distinción real entre ellos (secondum rem), sino sólo «de razón». Los Trascendentales son aquellos términos generales o propiedades del Ser que trascienden todas las Categorías (las Categorías, según la codificación de Aristóteles, dividen al ser en 10 clases o géneros sin elementos comunes). San Buenaventura publicó en 1250 un opúsculo en el que se enumeran explícitamente las cuatro condiciones del Ser, a saber, unum, verum, bonum y pulchrum, explicando su convertibilidad. El opúsculo destaca también la distinción entre los Trascendentales, explicando que el Uno concierne a la Causa eficiente, lo Verdadero a la Causa formal, el Bien a la Causa final mientras que lo Bello concierne a toda Causa en general.
4 Hugo de San Víctor, Hierarchiam coelestem expositio (en: U. Eco, op. cit.)
5 Colección Agni Yoga, Comunidad § 27
6 Colección Agni Yoga, Hojas del Jardín de Morya I, “Llamamiento”, § 199
7 En el Lambdoma Síntesis la definición de Comprensión es: La Comprensión es el trabajo unificador de la mente (Meta 5.6)
8 Colección Agni Yoga, Jerarquía § 359
9 Colección Agni Yoga, Hojas del Jardín de Morya I, “Llamamiento”, § 45
10 Platón, Simposio, 211a-b
11 Citado en: P. Ferrucci, Experiencias de las Cumbres, Astrolabium, 1989, p. 20
12 E. Savoini, El sistema solar en el espacio, Nuova era, 2016, p. 114
13 De una entrevista con K. Stockhausen, en: P. Ferrucci, op. cit., p. 63







