5.5 – La Manifestación es la aparición del Diseño divino

El pasado 21 de diciembre inició el sexto septenio de este Plan, que nuestra conciencia pudo identificar como una declinación del Plan divino en la Tierra. Hemos difundido el canto global de lo que se va a celebrar durante este año extraordinario, el impulso de inicio de un septenio que nace bajo la égida de la Comunión (Sexto Rayo); y como inicio, es el compendio y la síntesis de lo que se desarrollará sucesivamente.

Si el solsticio es el inicio oculto de todo, el 1 de enero es el inicio del ciclo anual que toda la humanidad celebra a través de sus fiestas de Año Nuevo. Es cierto que la conciencia se sintoniza con el nivel en el que se halla; por eso, con mucha frecuencia el Año Nuevo no deja de ser más que una ocasión para exorcizar a la Muerte (el final de un año) y para calmar la ansiedad de lo imprevisible (el comienzo de uno nuevo); pero este reconocimiento colectivo nos da la oportunidad de detenernos y reflexionar sobre cómo el Cielo nos ayuda a superar nuestros miedos y a acoger, en cambio, las poderosas energías de los inicios, celebrándolos con sacralidad.

La Sacralidad está consagrada al Sexto Señor, así como a la Síntesis y a la Verdad. Al invocar estas energías, contemplamos en el cuadro heliocéntrico la brillante conjunción de Venus (Quinto Rayo), la señora de la Manifestación, nuestra Luminaria guía, y la Tierra (Tercer Rayo), nuestro hogar azul, tan bello y atribulado.

La Manifestación es la aparición del Diseño divino.

(Del documento La Manifestación):

El Propósito divino se manifiesta o emerge a través de un Plan/Diseño rítmico, progresivo, ordenado e decisivo.

La Idea o raíz de toda manifestación se hunde en espacios de Realidad y de horizontes ilimitados de Pensamiento.
Según la Tradición esotérica, esa Raíz común de la Sabiduría Eterna a partir de la cual se han desarrollado los misterios, las religiones y las civilizaciones de la historia humana, el universo entero es una manifestación y un símbolo condicionado de la única Realidad Absoluta:

«Existe un Principio Ilimitado e Inmutable, una única Realidad Absoluta anterior a cualquier Ser manifesdado y condicionado. Está más allá de los límites y las posibilidades del pensamiento y la expresión humanos.

El Universo manifestado se halla contenido en esta Realidad Absoluta y es el símbolo que la condiciona.» (1)

En esta «única Seidad» reside su emanación coeterna y coetánea, o radiación inherente (2), la causa de su manifestación periódica.

En el nivel humano, la manifestación de la Realidad Absoluta puede entenderse por intuición como el orden y la génesis de las Ideas. Así podemos concebir la Idea de Absoluto, de Vida, de Infinito, de Realidad, de Amor, de Universo, de Manifestación (…), así como deducir sus innumerables Fórmulas o correlaciones causales, y provocar las Formas de manifestación. La radiación inherente a la Realidad absoluta se manifiesta así a través de un Universo, o Kosmos para la teosofía, que en sí es a la vez unitario y un Orden consciente de vidas, de jerarquías de mónadas o unidades de vida capaces de vitalizar, presidir y activar todos los puntos o partes de la manifestación, hasta las partes infinitesimales de cada átomo.

En particular, entre las jerarquías creadoras manifestadas (3), el ser humano es el «creador menos consciente», una mónada o vida que a través de la evolución ha adquirido la capacidad de autoconsciencia en el nivel individual o «singular», es decir, es capaz de reflejar en sí las realidades o principios de creación y manifestación.

En la escala jerárquica de los creadores conscientes del Sistema Solar, la mónada o unidad humana está indicada en el tercer grado, después del Logos solar y de los planetarios, esos Seres excelsos e individualidades colectivas que guían su propia esfera solar o planetaria de existencia e influencia —tal como cada uno en su interior con respecto a su propio Campo, como el Sol en el corazón de su sistema, como el corazón en el centro vital de un organismo—.  El ser humano es un microcosmos: al principio se manifiesta de manera caótica e irresponsable, ya que es consciente solo en el nivel instintivo o más allá de lo emocionalmente intelectual; luego, de manera cada vez más «acorde» e intuitivo, se reconecta, como átomo consciente, a la necesidad evolutiva y a los Creadores superiores (a través de su conciencia superior o Amor-Sabiduría, Buddhi-Manas).

Nuestra herencia y destino es, por tanto, aprender a gestionar las esferas de manifestación dentro de nuestra competencia y responsabilidad, a imitación de los maestros celestes del pensamiento creador, para producir una expresión proporcionada y decisiva de acuerdo con la Música de las Esferas.

«(…) en el corazón del átomo más diminuto hay buddhi o lo que en este sistema llamamos fuego eléctrico. Porque la vida central positiva de toda forma no es más que una expresión del buddhi cósmico, y la efusión de un amor que tiene su fuente en el Corazón del Logos solar; y este, a su vez, es un principio que emana de Aquel que está por encima de nuestro Logos, de Quien nada se puede decir. Es el amor limitado por el deseo, y por lo que se desea. Es el amor lo que se vierte en las formas, que se estimulan y ayudan con este (…)» (4). Buddhi también se llama la energía crística, o alma espiritual o conciencia de grupo: este es el propósito de la presente manifestación del Sistema Solar y de la humana. Buddhi pulsa como Maestro, o Cristo, o fuego eléctrico en el corazón de cada átomo y en cada nivel de vibración de la manifestación logóica. La Cuarta Jerarquía Humana, la central o crucial de las 7 que se manifiestan en el plano físico cósmico, debe manifestar la Intuición, ese Amor solar, el reflejo del Cristo cósmico y universal, que se expresa como Sabiduría (el Manas superior o Mente Abstracta, ese plano de fuego donde reside el cuerpo causal del Ego superior, el cuerpo del alma y Loto del corazón de la Mónada humana).

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Por lo tanto, en nosotros encontremos la parte más resplandeciente y el intelecto más intuitivo que la chispa de Venus ha implantado en la manifestación que somos. Contemplemos sus misteriosas implicaciones, entrelazadas con las partes más concretas y personales como formas de la expresión humana. Reconectemos todos los niveles de vida y de pensamiento aparentemente divididos, a menudo experimentados como irreconciliables. Según la ley de la Sección Áurea, destacamos la Unión con nuestro Grupo anímico, con nuestros hermanos y compañeros de Camino, desde los más lejanos hasta los más cercanos. Resolvamos en Unidad el Misterio de la Dualidad —que Venus nos lo señala con tanta precisión—, y encontremos también sus notas en nuestra vida cotidiana.

La Manifestación en la Tierra diseña el Plan divino en todos los niveles; y nuestra tarea es encarnarlo y expresarlo de manera cada vez más armoniosa, comenzando por la parte que nos compete.

«Con un acto de devoción, di una oración pura. Confirma en la práctica las Enseñanzas, cada día que pasa. Cuida de no perder ni un día ni una hora. Aprende a considerarte como el creador de todo un mundo de acción. Aplica fuerzas en cualquier manifestación. Inyecta la Enseñanza en cada pensamiento. Dispón tus fuerzas como en un campo de batalla. Concibe la gratitud como la unión del gozo y la belleza. Termina noblemente, porque el final es el fuego de la victoria.» (Agni Yoga, § 98)

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(1) Tratado sobre Fuego Cósmico, A. A. Bailey, p. 33, Ed. Fundación Lucis; vers. ingl., p. 3.

(2) Cosmogénesis, H. P. Blavatsky.

(3) Astrología Esotérica, pp. 35 y 49; vers. ingl., pp. 32 y 50. Tratado sobre Fuego Cósmico, pp. 934-957; vers. ingl., pp. 1196-1207.

(4) Tratado sobre Fuego Cósmico, p. 956; vers. ingl., p. 1225.

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