Los himnos órficos invocan a Mnemosyne, la Madre de las Musas, como «…esposa de Zeus, soberana que engendró a las sagradas y santas Musas de voz sonora… y que despierta en los iniciados el recuerdo de la celebración sagrada…». (1)
Mnemosine es, por tanto, la memoria ancestral de lo que aún no ha sucedido en el mundo formal y, como tal, está lista para ser moldeada y transformarse en danza bajo el canto poderoso y creador de sus hijas, las Musas.
Esta Musa arquetípica, que nos recuerda la insondable profundidad de la Sustancia lista para ser fecundada por el toque del Fuego de la Vida, precede a la creación, a cualquier ser manifiesto, pues fue Ella quien inició el proceso creativo y, por tanto, pertenece a dos mundos, el increado y el creado, lo invisible y lo visible, lo Desconocido y lo conocido.
Mnemosyne opera el paso del Mithos, la Palabra/Sonido que precede a cualquier manifestación, antes incluso que los propios dioses; al Logos, la Palabra/Canto que encarna la creación, le atribuye valor y belleza, un paso que, a su vez, el hombre inspirado puede utilizar para re-conocer y re-crear lo Desconocido de una manera siempre nueva. La Madre de las Musas se erige, pues, en el inicio de toda revelación posible, donde la memoria aún no está llena de recuerdos, sino que, virgen e inmaculada, se dispone a la espera de que la multiplicidad de lo manifiesto se desarrolle en la espiral del devenir que a nosotros, los hombres, se nos presenta como formas, distancia y tiempo.
La Musa, por su parte, es íntima del Uno del que todo emana y, como nos recuerda Niccoló Cusano: «En la eternidad […] toda sucesión coincide en el ser instantáneo de la eternidad. Nada es, pues, pasado o futuro, allí donde el futuro y el pasado coinciden con el presente». (2)
En el seno de esta eternidad, donde el futuro ya ha sucedido porque coincide con lo que ya ha sido y puede ser recordado, Mnemosyne teje el velo de lo existente y nos llama de nuevo a la Unidad del Todo que todo contiene.
También la Enseñanza exhorta a explorar lo Desconocido afirmando: «¡Lanzad el espíritu a lo desconocido! Este gesto valiente os dará nuevas formas de pensamiento» (3); y es con el corazón colmado de ardiente valor que alzamos los ojos al Cielo para contemplar y reflejar los signos trazados por las entidades celestes.
El ojo que hoy, gracias a la visión heliocéntrica, ve al asteroide Mnemosyne abrazar maternalmente a la Tierra en las aguas sustanciales de Capricornio, puede penetrar en la profundidad del Corazón que, fuera de los esquemas del intelecto concreto, devuelve al seno de la conciencia lo que la mente no comprende, pero que el espíritu conoce desde siempre.
Lo Desconocido no se puede conocer, sino solo recordar, es decir, traer de vuelta al corazón, tal y como enseña Platón (4), según quien nuestra alma inmortal, que antes de encarnarse ya ha contemplado las Ideas perfectas en el Hiperuranio, a través de un proceso de reminiscencia inducido por la experiencia sensible, tiene la capacidad de traer a la superficie de la conciencia aquello que aparentemente le es desconocido.
La reminiscencia se configura, por tanto, como el despertar de la memoria anímica mediante destellos fulgurantes y repentinos, aunque discontinuos, el resurgir de un saber ya profundamente presente en nuestra alma y que, en Platón, adquiere los contornos de un paso del conocimiento concreto e intelectual al conocimiento directo, un conocimiento intuitivo, garante, paso a paso, del desvelamiento del Uno/Bien.
«La visión del Uno» —nos recuerda Plotino— «está más allá del saber: el conocimiento de Él no se obtiene ni por medio de la ciencia, ni por medio del pensamiento, sino por medio de una presencia que vale más que la ciencia. (…) Él está presente, pero solo está presente para aquellos que pueden acogerlo y que se han preparado para armonizarse y entrar en contacto con Él en virtud de una afinidad y de una potencia inherente a Él, consustancial a lo que de Él deriva». (5)
El paso del conocimiento intelectual al conocimiento directo, necesario para recordar lo Desconocido, cuenta hoy con la ayuda del asteroide-musa Melpómene, también presente en Capricornio, quien, en conjunción con la Tierra y Mnemosyne, enseña la tenacidad y la constancia necesarias para alcanzar aquello que aún no se conoce, pero que se reconoce en lo más profundo de la conciencia como Verdadero, Bello y Bueno.
Melpómene preserva la integridad y las virtudes del hombre, su vínculo con el cosmos, y lo hace mostrando que no hay fractura entre lo invisible y lo visible, entre lo real y lo aparente, entre lo Desconocido y lo conocido, ya que ambos son necesarios para construir el camino de la Vida.
Esta eterna búsqueda de lo que no conocemos, pero sabemos que existe, lleva en sí misma también el estruendo de la batalla interior que transfigura nuestros vehículos, conduce del intelecto a la intuición y abre de par en par las puertas de lo finito, más allá de las cuales mora lo indecible que para el corazón tiene nombre: Infinito.
Y es de nuevo Niccoló Cusano quien da fe de este salto al abismo de lo desconocido que finalmente revela lo Desconocido (el «Dios» de Cusano) de formas incomprensibles para la mente: «Señor Dios… no sé cómo llamarte, porque no sé qué eres. Si alguien me dijera que te llamas por este o aquel nombre, ya sé, por el hecho de que te denomine, que ese no es tu nombre. (…) Y si alguien hubiera concebido una cierta manera de pensarte, sé que ese concepto no es el tuyo. (…) Y si alguien hubiera forjado alguna similitud para poder concebirte así, sé igualmente que esa no es una similitud adecuada para ti. Y si alguien se pusiera a describir la inteligencia que tiene de ti, queriendo así ofrecer una manera de entenderte, ese alguien estaría aún muy lejos de ti». (6)
El mismo autor nos ofrece la forma de acceder a lo Desconocido, una forma libre de sofismas mentales elaborados, pero capaz de captar lo Absoluto, que colma el corazón de todo ser vivo, de manera directa e incontrovertible: «Es necesario que quien se acerque a ti se eleve por encima de todo término y fin, y de toda cosa finita. (…) Por lo tanto, no puedes ser abordado, oh Dios, que eres infinito, sino por aquel cuyo intelecto está en la ignorancia, es decir, aquel que sabe que no te conoce. Pero, ¿cómo puede el intelecto conocerte, si eres infinito? El intelecto sabe que no te conoce y que no puede contenerte, porque eres infinito. Entender la infinitud significa comprender lo incomprensible. El intelecto sabe que no te conoce, porque sabe que no puedes ser conocido si no se conoce lo incognoscible, si no se ve lo invisible, si no se accede a lo inaccesible». (7)
He aquí, pues, la puerta que conduce a lo Desconocido, esa puerta cuyas llaves son, como atestigua la Enseñanza, «Ver con los ojos del corazón; oír con los oídos del corazón el estruendo del mundo; penetrar en el futuro con la comprensión del corazón; recordar las acumulaciones del pasado mediante el corazón; así hay que avanzar, con ímpetu, por el camino del ascenso». (8)
Y en el cielo, en el camino de la ascensión, aparece también ese sendero, el Camino del Corazón, que conduce al Corazón de los Corazones, la estrella luminosa y magnética… Sirio, hoy en conjunción con el Sol, el Corazón ardiente del Sistema Solar, sobre el fondo del signo zodiacal Cáncer.
La Tierra y el Sol se iluminan pues, con el poder de las imágenes de la Madre del Mundo, símbolos eternos que iluminan las mentes y permiten a la Humanidad generar a su vez Belleza y Armonía: Mnemosyne, la matriz arquetípica sagrada, y Sirio, la fuente cósmica de Buddhi-Manas, el Amor cósmico, el principio que se encuentra en el corazón de cada átomo. En la dirección Capricornio-Cáncer, pues, arde un impulso vital sagrado para la Luz superna y el Amor espiritual.
Un Amor que vibra sin cesar también en las aguas de Géminis (fuente primaria del 2.º Rayo de Amor y Sabiduría) y que hoy ve a Urano, Señor de Orden y Ritmo, en conjunción con el asteroide-Musa Urania, Aquella que canta la Sabiduría del Cielo y a través de la cual, con la mirada fija en el eterno Modelo celeste, se regresa al Uno y desde este se penetra en el Infinito, los dos nombres inescrutables de lo Desconocido.
Desde hace milenios, el hombre ha dejado testimonio de su incansable —y a menudo dramática— búsqueda de lo incognoscible, tal y como nos dicen los Vedas en este sutra: «Pregunto como un loco que no conoce su espíritu: ¿dónde están las huellas ocultas que dejaron los dioses?». (9)
Las huellas de lo divino están en nuestros corazones, bien ocultas en lo más profundo de la conciencia, bien protegidas de los embates de la sombra y esperando pacientemente a que la Luz superior las alcance, las ilumine y permita al corazón recordar el esplendor del Espíritu y cómo emprender el camino del retorno.
«(…) Se puede engañar a los ojos y a los oídos, pero nada puede engañar al corazón.(…)» (Agni Yoga, § 520)
Notas
1- Himnos órficos, 76, 77
2- Niccolò Cusano, La visión de Dios, Mondadori, 1998, p. 54
3- Colección Agni Yoga, Agni Yoga § 294
4- La teoría platónica de la «reminiscencia» se expone de manera destacada en el diálogo Menón, en el que Sócrates interroga a un esclavo analfabeto guiándolo, mediante el arte mayéutico —equivalente socrático de la reminiscencia—, hacia la resolución del problema. De este modo, Platón pretende demostrar que el conocimiento es innato y solo había que «recordarlo». Así leemos en el Menón: «Pero, Sócrates, ¿de qué manera vas a buscar lo que ignoras por completo? ¿Y cuál de las cosas que ignoras harás objeto de tu búsqueda? Y si por casualidad das con ella, ¿cómo te darás cuenta de que es precisamente la que buscabas, si no la conocías? SOCR. ¡Entiendo lo que quieres decir, Menón! ¡Mira qué hermoso argumento erístico propones! El argumento según el cual no es posible que el hombre busque ni lo que sabe ni lo que no sabe: lo que sabe porque, al conocerlo, no necesita buscarlo; lo que no sabe porque ni siquiera sabe lo que busca». [Menón, 80d-e] «El alma, pues, al ser inmortal y renacer muchas veces, habiendo visto el mundo de aquí y el del Hades, en una palabra, todas las cosas, no hay nada que no haya aprendido. No hay, pues, que sorprenderse de que pueda hacer resurgir en la mente lo que antes conocía de la virtud y de todo lo demás.
«Puesto que, por otra parte, toda la naturaleza está emparentada consigo misma y el alma lo ha aprendido todo, nada impide que el alma, al recordar (recuerdo que los hombres llaman aprendizaje) una sola cosa, encuentre por sí misma todas las demás, cuando uno sea valiente e incansable en la búsqueda. Sí, buscar y aprender son, en su conjunto, reminiscencia». [Ibídem, 81c-e]
5- Plotino, Enéadas, VI, 9,4
6- Niccoló Cusano, op. cit., p. 59-60
7- Ibídem, p. 60-61
8- Colección Agni Yoga, Corazón § 1
9- RigVeda I, 164, 5b


