Para que el Propósito pueda manifestarse en la Tierra, es necesario que la Humanidad desarrolle su capacidad de visión del Plan y de identificación con el Todo, ya que, aunque la visión no sea clara, de ello se deriva un sentido de proporción y de seguridad que conduce a la necesaria reorganización de los valores y hace comprender que en todos los problemas de la vida cotidiana se ocultan un propósito y un fin.
El hombre no debe dejarse intimidar por la inmensidad del Universo, sino que debe ver la pequeña Tierra como parte de un Todo, ampliando su conciencia para profundizar en la visión del Plan jerárquico y comprenderlo cada vez mejor.

El Plan Planetario es una estructura energética a través de la cual el Propósito puede manifestarse en la materia y está compuesto por Amor y Luz orientados por la Voluntad, por lo que podemos decir que el Amor es lo que une, la Luz es lo que revela y la Voluntad es lo que dirige hacia un objetivo. Así pues, la Luz muestra la dirección, el Amor construye el vínculo y la Voluntad hace posible el cumplimiento.
Cuando hablamos de Luz, no nos referimos simplemente a una luz que ilumina la conciencia individual, sino a aquella que permite ver el diseño global.
El Plan está vinculado a la Eclíptica, considerada el gran escenario en el que los ciclos de los astros representan continuamente el ritmo del diseño solar.
El cielo se convierte, simbólicamente, en un modelo que hay que contemplar y que reflejar en la Tierra, y el hombre no debe ser un espectador pasivo, sino que está llamado a convertirse en un colaborador consciente del Plan.
La Luz que recibimos en nuestro interior no debe buscarse para vivir una experiencia personal estimulante sino para servir mejor y convertirse en orientación, comprensión y, finalmente, acción.
Para entenderlo un poco mejor, podemos imaginar una gran ciudad vista desde arriba durante la noche: desde abajo vemos miles de personas, coches, calles, casas, cruces y todo parece fragmentario; luego subimos mucho más alto y, de repente, descubrimos que todo forma una geometría y que lo que desde abajo parecía aleatorio adquiere un orden.
La Luz del Plan no elimina las dificultades del mundo, sino que las sitúa dentro de una visión más amplia y, tal vez, sea precisamente por eso por lo que la Luz es tan importante en tiempos de crisis: no necesariamente porque lo haga todo más fácil, sino porque permite no perder la dirección.
El Plan no es algo que el hombre inventa, sino algo que intenta reconocer e intuir para poder cooperar con él después; y es aquí donde la Voluntad se vuelve fundamental, porque la Voluntad sin Luz puede volverse ciega, la Luz sin Voluntad puede quedarse en mera contemplación y el Amor sin ambas puede convertirse únicamente en un sentimiento terrenal.
Cuando la Luz, el Amor y la Voluntad se alinean, nace el servicio consciente al Plan.
El Plan es el Propósito que empieza a hacerse inteligible: una dirección, una geometría, un orden evolutivo. La manifestación es lo que ocurre en el mundo cuando los seres conscientes se convierten en instrumentos de ese Plan, y la Luz es lo que permite a la conciencia ver una parte de él y reconocer el siguiente tramo del camino que hay que recorrer.
La Luz no es simplemente uno de los elementos del Plan, sino que también es aquello a través de lo cual la conciencia puede reconocer el Plan; es como si el Plan fuera una gran obra arquitectónica y la Luz permitiera al arquitecto interior leer su plano.

La Jerarquía espiritual tiene la función de mediar entre el Propósito y la humanidad a la que representa, porque no basta con que el Plan exista en los niveles superiores, sino que debe convertirse en conciencia en la Tierra, y esta es una de las grandes responsabilidades del ser humano, pero también su bienaventuranza, porque el hombre se convierte en un punto de luz cuando desarrolla una conciencia lo suficientemente inclusiva y empieza a preguntarse qué hacer para que algo más grande pueda manifestarse a través de él.
En ese preciso momento se produce el enorme paso de aspirante a colaborador activo y, entonces, la Luz ya no es solo algo que se recibe, sino que la propia persona se convierte en un punto a través del cual la Luz puede entrar en la Vida; pero no por ello se vuelve especial, sino más bien casi lo contrario, porque se vuelve transparente y la personalidad deja progresivamente de querer ser el centro y se convierte en un instrumento que recibe, contiene y distribuye.
Cuando surge una crisis, puede verse como un momento en el que la vieja forma ya no es capaz de contener la nueva Luz y, desde el punto de vista evolutivo, podría ser que tuviera que transformarse, por lo que una crisis puede convertirse en el punto en el que una nueva parte del Plan logra finalmente manifestarse.
Desde el punto de vista astrológico, hoy vemos a Neptuno y a la Tierra en conjunción con Saturno en Aries, y sabemos que
Neptuno es la visión, la percepción del Plan.
Saturno es la estructura que permite que la visión se materialice.

La Tierra es el ámbito concreto de la manifestación.
Aries es el primer acto de la Voluntad, el inicio.
Por lo tanto, podemos resumir el simbolismo de la siguiente manera:
Neptuno ve la Luz del Plan, Saturno le construye un vehículo, Aries la lleva al inicio de la manifestación.
Neptuno percibe la visión y es la sensibilidad hacia el Plan, hacia el ideal, hacia la realidad sutil. Saturno da estructura a la visión y exige que lo intuido pueda convertirse en forma, disciplina y responsabilidad. Aries infunde el primer impulso y es el fuego que dice: «Ahora comenzamos».
Por lo tanto: Neptuno ve, Saturno construye, la Tierra manifiesta y Aries lo pone en marcha.
La Luz no solo se contempla, sino que busca un punto de anclaje en la Tierra; no permanece en lo alto, sino que busca un puente entre lo que se intuye y lo que puede ser encarnado.
Que la Luz del Plan encuentre en la Tierra una forma, y en la Voluntad el valor para manifestarla.
La Luz del Plan no solo nos muestra lo que es, sino que nos revela en lo que puede convertirse, y la Voluntad nos pide que participemos en esa transformación preguntándonos qué parte del Nuevo mundo podemos ya hacer presente a través de nuestra conciencia, nuestras palabras y nuestras acciones, diciendo: «Veo una chispa del Plan y elijo darle forma».



